Diego Alberto

El sábado me dirigí al Predio Ferial de Exposiciones que tiene su sede en Palermo y que los usos y las costumbres hacen que lo llamemos “La Rural”. El motivo que causó mi convocatoria, y la de muchas más personas, fue una nueva Feria del Libro y, como ya algo había oído, no me sorprendió encontrarme a mi llegada con tan masiva concurrencia. Tal era el número de personas dispuestas a ingresar al evento que tuve que hacer unas no menos de 5 cuadras de cola para acceder al establecimiento.

De todos modos, era sábado… día libre… ideal para distraerse y despreocuparse, pero no así para sentirse un idiota por haber participado de esa hilera interminable teniendo una entrada gratuita en mi poder. Evidentemente al llegar me notifiqué (es decir, interpreté porque no me atreví a que la respuesta afirmativa viniera acompañada de una sonrisa sarcástica) que mi tardía presunción era tal: ese “pan y queso” infinito era el medio para obtener una entrada igualita a la que ya tenía en mis manos.

Una vez adentro, empecé a recorrer los distintos pabellones con sus muchos espacios expositores. Poco duró la recorrida cuando mi organismo me advirtió de su necesidad fecal, que si bien en principio subestimé, a la brevedad reconocí su reclamo como impostergable. Generalmente como siempre pasa en estos casos, el baño nunca se encuentra, uno se empieza a poner colorado, el sudor ya casi brilla. Hasta que lo encontré y fue todo un oasis.

Una vez de regreso al recorrido de las exposiciones, y ya más ligero de lastre, fue que me dispuse a disfrutar de la visita. Me detenía donde más interesante me resultaba, leía alguno que otro texto para saber de qué se trataba, buscaba miradas cómplices con las bellas señoritas que paseaban por allí… Hasta que hubo de pronto un suceso como una mágica aparición que es la raíz, el motivo, la razón de este relato.

Como les contaba, paseaba yo por entre la gente hasta que mis pupilas hicieron foco en un ser humano de género masculino, y una expresión bien pronunciada se manifestó en mi cabeza: “…pero qué cara de pelotudo!”, me dije. Y en seguida una nueva sentencia acompañó: “Si, claro… es Diego Alberto!”. El mismo muchachos… Diego Alberto Bugatti, como hace unos 12 años atrás enfrente de mis narices. Aquel que era blanco de mis agresiones, mis rebeldías, mis venganzas por odios a terceros, el que debió cargar con culpas ajenas y por lo que me he sentido arrepentido desde aquel tiempo después a esta parte.

Allá mismo estaba Diego, con su nombre de ídolo a cuestas. Pero no estaba solo. Para mi curiosidad estaba físicamente grandote, alto, un poco ancho… no sé, tal vez fue mi sensación. De todos modos la irregularidad de sus piernas y la expresión de pobre tipo permanecían inalterables e intactas. Sin embargo, debo reconocer que su dimensión física me hizo atemorizar ante la posibilidad que él me viese y viniera a ajusticiarme, aún cuando mis malas acciones hubieran prescripto.

Como les dije Diego Alberto no estaba solo, sino que estaba con la compañía de una mujer. Claro que no viene al caso saber las características de la mujer, sino que era una MUJER! Además, Diego Alberto llevaba un globo azul bajo el brazo (qué boludo!, me volví a repetir) y con un cochecito que Diego conducía… con un tripulante abordo?!?!?! Sí, claro!!! El Diego es papá! Qué satisfacción sentí!!! El Diego es papá!!! Tengo que acercarme, saludarlo y felicitarlo!!!

Tardé casi 15 minutos dando vueltas a su alrededor, buscando la manera de cruzarnos como por casualidad, intentar que el contacto fuese absolutamente espontáneo. Pero resulta que el “groso” del Diego estaba muy entretenido mirando libros… del rubro… Pastelería.

Hasta que el momento Rexona llegó. Tomé coraje, y me dije: “Ma’ sí cagame a palos, pero te tengo que felicitar!!!” Y al provocar entonces el cruce, el diálogo más o menos fue así:

Yo: – Hola Diego! Qué hacés, che! Cómo estás?
Diego: – … mmm… yo no sé quién sos …
Pero si estás igual que siempre… pensé como desencantado.
Yo: – Mauro Maciel…! No te acordás?
Diego: – … Ahhh, del colegio…
Yo: – Che, y qué onda? (le dije haciendo señas a la criatura que transportaba)
Diego: – No, es el hijo de mi prima. Ella me sacó a pasear…

Lo que sigue del diálogo poco interés tiene. Y cuando habría pasado cerca de un minuto y medio nomás, me dijo con su vieja cara de angustia “Bueno, me tengo que ir porque me van a dejar…”

Me fui caminando frustrado por haber pasado tan pronto de la satisfacción a la decepción. “Si, sigue siendo un pelotudo”, me dije. Además de la cara…

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