Mi infancia dominguera

Hace unos pocos días atrás, caminando por las calles de mi barrio natal, me llegó el sonido ,desde el interior de una casa, de una radio cualquiera. De la que no pude individualizar su dial. Pero sin ningún lugar a dudas supe identificar que se trataba de una transmisora AM (Amplitud Modulada).

A pesar de lo breve que fue el sabor de ese sonido en el paladar de mis oídos, fue suficiente para que una catarata de recuerdos se amontonara en forma de imágenes en mi cabeza.
En seguida se me vinieron encima aquellas tardes domingueras con la nunca ausente compañía de la transmisión de fútbol radial. Mientras mi viejo lavaba el coche o se empeñaba en otro quehacer doméstico del rubro carpintería o albañilería, o simplemente se entregaba a la siesta, mi hermano y yo, nos disputábamos en primera instancia el nombre del jugador de Boca que deseábamos ser. De inmediato medíamos nuestras habilidades pateando una pelota siempre vieja de cuero, habitualmente desinflada que hasta que no lo advirtiera el viejo y se dispusiera a buscar el pico y el inflador, iba adquiriendo cada día más peso.

Otras veces, nuestro esfuerzo estaba dedicado a superar las torpezas, las caídas y los golpes que se nos iban presentando con los primeros pedaleos en bici. En aquellos momentos la perseverancia era la mejor manera de dialogar con el equilibrio. Diálogo que duraba hasta que el asfalto nos hacía tatuajes de diversos motivos y formas predominantemente de color rojo. Esto significaba volver a casa a guardar la bici y meterla en la piecita del fondo para no verla por unos cuantos días. El odio que llegábamos a tenerle a la pobre bicicleta era demasiado grande. Casi como si ella fuera la principal culpable del desequilibrio o de nuestra falta de astucia para dejar atrás el charco enmohecido de la esquina.

Pero volviendo a aquellas transmisiones radiales de fútbol, me acuerdo que ellas eran una compañía tan familiar que pronto resultaba fácil reconocer, sin demasiado esfuerzo, los anuncios publicitarios, las voces de los que contaban los números de los tiros de esquina, los sonidos correspondientes al aviso de un nuevo gol en otros estadios, el aumento del volumen del sonido de ambiente y otros tantos detalles que se hacían presente en la dinámica del programa.

Además, recuerdo que esta compañía ocupaba la jornada completa. Desde que mi padre arrancaba con el asado y todo su ritual, pasando por el almuerzo desde donde se podía escuchar allá a lo lejos el ruido que provenía de la vieja radio que había quedado apoyada sobre los ladrillos de la parrilla mientras preparaba el fuego y salaba la carne.

Los momentos más emotivos eran para mí la salida del equipo, para lo que resultaba imprescindible subir el volumen hasta el máximo; el partido mismo (por supuesto), donde aprovechaba para memorizar el primero y segundo nombre de pila y los apodos de los jugadores o las metáforas, como parte de la ocurrencia del relator de turno; y las repeticiones de los goles, que mechaban con las notas del vestuario al terminar el partido.

Si el resultado del partido era favorable y el partido era de una trascendencia superior, éramos capaces de seguir con la radio encendida hasta que siguieran repitiendo los relatos de gol, aún cuando ya los hubiéramos óido unas cuantas veces. Pero si el resultado era el contrario al esperado, la radio se apagaba tan pronto como terminaba el partido y yo, comprometido con el mal humor de mi viejo, me dedicaba a simular sus enojos y repetía sus insultos con el mismo ceño fruncido que aprendía a leer en su cara.

Sólo una vez, recuerdo que me sentía avergonzado de una pregunta que le hice. Habíamos pasado la tarde en famila, en una especia de descanso con mucho verde alrededor, donde mis jóvenes viejos pasaban las horas a mate y galletitas y mis hermanos y yo corriamos y trepababamos toda la topografía del lugar. Seguro que también habríamos llevado una pelota y seguro que también mi viejo tendría a su lado la radio portatil y seguro que se trataba de la Spica forrada en cuero marrón clarito gastado. Me acuerdo, entonces, que volvíamos a casa en el coche y escuchábamos las repeticiones de los goles (aquella vez en la voz de José María Muñoz). Una parte del relato era más o menos así: “… toma la pelota, el esférico, el jugador de Boca… cruza la mitad de la cancha…” y siguió hasta terminar el relato en gol. Una vez que hubimos terminado de escuchar el gol completo, tuve la imprudencia de preguntar “Pa, ¿quién es Elesférico?”. Por supuesto que hubo risas y, por supuesto, que me sonrojé tal como mi timidez me tenía acostumbrado por aquel entonces.

Yo que me creía un hincha de los que podían lucir sus indisimulables conocimiento y memoria, que participaba de las charlas de fútbol con adultos amigos de mi viejo, los cuales lo felicitaban por mi prematura “prodigiosidad”. ¿Cómo podía ser que no conociera al jugador de Boca llamado Elesférico? O, en el peor de los casos, ¿por qué habría cambiado mi viejo el dial al cual me tenía acostumbrado? Los otros relatores no usaban la palabra “esférico”. Yo conocía los sinónimos de balón, redonda, bocha, número 5… pero nunca había escuchado para decir pelota a “esférico” como su equivalente.

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